lunes, 2 de septiembre de 2013

“El verdadero oro es la Cordillera tal como está, de eso ¿no se dan cuenta?”

“El verdadero oro es la Cordillera tal como está, de eso ¿no se dan cuenta?”


Versión y extracto libre del libro Perú: Crónica de un engaño - Los intentos de enajenación del territorio fronterizo awajun en la cordillera del cóndor a favor de la minería.

Encargados por Pizarro, los conquistadores entraron en Bracamoros en 1536 y de allí, resultó entonces la fundación efímera de Jerez de la Frontera en las inmediaciones del Pongo de Rentema, en la confluencia del río Marañón y el Chinchipe luego refundada en 1543 como Nueva Jerez de la Frontera., territorio ocupado por la etnia Jibaro.
Las crónicas cuentan que de antaño, todo el esfuerzo Inca fue vano en el propósito de conquistar definitivamente la región ocupada por éstos pueblos.
El imperio Inca nunca llegó a tener control del actual territorio Awajún, aunque sí
integró administrativamente, por medios militares y de alianzas políticas, a algunos
segmentos Palta y Guayacundo del conjunto Jívaro andino.
Aún hoy en día los pueblos Jívaro, entre ellos los Awajún y Wampis, ostentan
una reputación de pueblos guerreros que se afirman en su firme decisión de defender
sus territorios.
El fulgor de los depósitos de oro llenaban los sueños de Pizarro y sus huestes.
También fue ese resplandor el que impidió que vieran el verde de las selvas, la grandeza de las montañas y el poder de los ríos impetuosos.
También iban ciegos a esas culturas milenarias que de ningún modo cedieron la porción de planeta que el Dios les había dado en custodia.
Resultaba asi, que allí donde los españoles hacían “descubrimientos” y fundaban ciudades la población indígena quedaba sujeta a las encomiendas y el encomendero, quien recibía el derecho de cobrar los tributos a los que estaban obligados los indígenas desde los 14 años, como vasallos “libres” del rey español.
Relata entonces el jesuita Velasco, que en 1599 ocurrió un levantamiento general de Jívaros, aliados con el solo fin de expulsar a los españoles.
El éxito fue tal que varias ciudades ocupadas quedaron aisladas en las comunicaciones.
También cuenta que en respuesta a la ambición desmedida por el oro, los alzados vertieron oro fundido líquido en la boca de un encomendero de Pizarro.
Fue recién cerca de 1970 que fueron redescubiertos en la zona de Nambija (Ecuador), en el flanco más occidental de la Cordillera, una veta de oro de muy buena ley en sitios antiguos de laboreo Inca, y hacia allí volvió el blanco con la misma ceguera de antaño; y muchos volvieron a beber el oro líquido.
El resto pueden estudiarlo quienes quieran profundizar la cuestión, pero todo esto viene a cuento, porque seria un buen remedio para quienes hoy, cegados por el poder del dinero y el “progreso” no dudan en destruir los territorios ancestrales, reprimiendo, hiriendo y matando a nuestros hermanos y hermanas Mapuches de Neuquén.

Para quienes con tanta sed añoran el petróleo de Vaca Muerta, bien les sentaría un buen trago de petróleo crudo, para probar que beber petróleo, como también oro líquido solo conduce a la muerte.

miércoles, 7 de agosto de 2013

NATURALMENTE ASI

NATURALMENTE ASI
Mario Angel Alonso

Hace tanto que no escribo.
Entre otra mierdas, me limita el puto bozal que acepté en el 94.
Puta mierda social que me lleva a hacer lo que no quiero.
Quiero escribir, me llamó la noche y acá estoy,
pero hay un pedazo de mi que tironea del costado,
preocupado quiere arrastrarme a la cama y el descanso.
Las leyes imborrables, impasibles de la sociedad me arrastran.
Voy a resistir, ¿Qué mas da?
En todo caso estoy acá tomando el vino y revelándome.
Revelarse, putear al sistema… por un momento sentirse libre.
¿Qué determina la alegría?¿que determina mi felicidad?
-Este instante de rebeldía-
Libertad, libertad, libertad.
Alegría.
En un rato volveré a hundirme
en la mierda de un empleo público,
veré mujeres y hombres pobres preocupados por su futuro.
¿Y los ricos?... los ricos nunca pagan… averigüen.
Justicia para pobres,
para quien roba un cerdo de la granja de otro pobre,
para comerlo, no para el comercio.
Justicia – justicia (¿mayúsculas – minúsculas?)
Es un bajón concurrir al laboratorio
donde carnean a los pobres,
mucho mas participar del degüello de esos pobres.
Los expedientes están llenos de pobres,
pobres vidas,
tristes vidas,
golpeadas vidas,
Sometidos a ese lugar por los poderosos,
los que no pagan,
ricas vidas,
alegres vidas,
compasivas vidas
humanas,
vidas humanas.
Vidas liberadas en ese lugar para ricos,
los que no pagan,
ricas vidas,
alegres vidas,
compasivas vidas,
ignorantes vidas simples
que matan.
Matan sin ver a los de abajo
que mueren sin notar a los de arriba.
En la calle larga,
una fila de pobres se encamina a votar,
votarán ricos que acaben con ellos.
¿Estarán podridos de vivir?
¿o derrotados?
Que triste derrota

que triste derrota.

LLUVIA

LLUVIA


Cae una catarata por encima del tejado,
justo a la izquierda del vaso de vino.
Como si estuviera mojándome el hombro golpea a mi lado.
Pega, apalea, golpea.
Incesante maltrata el piso, porfiándole al aguante del cemento.
El pavimento áspero aguanta indiferente,
sabe que algún día será agujero.
No son estrellas.
Me imagino la gotas golpeando el piso, rebotando
y subiendo milímetros que para ellas serán saltos infinitos.
Por detrás, justo encima de la cabeza, otros ruidos parecidos a clavos
intentan desesperadamente perforar el techo de chapas transparentes.
Yo pienso en otras cosas, en cuestiones que escribí un rato antes,
me resultan importantes.
Las gotas me distraen, no paran,
me dicen “ey…,  estamos acá”,
somos el espectáculo imperdible de esta noche
en este desierto de mierda.
También traemos la vida… mirá, miranos.
Salgo a la noche,
agosto está helado y el agua también.
Casi imperceptible, detrás de una nube,
justo encima de la corona del Cerro de la Virgen,
la luna clava dos cuernos en el occidente.
Llueve en Chos Malal,
es una bendición que adelanta un buen verano.
El río pasa furioso a mi lado,
empuja agua a raudales.
Ahora el cielo se detiene, vuelvo al calor
y el silencio.


miércoles, 26 de junio de 2013

MOMENTOS

MOMENTOS
Mario A. Alonso

Estaba dando vueltas, esperando que aquella hoja tácita demandara un garabato cuando entonces sucedió que ni yo ni mi hermano nos reconocimos, fue entonces que anduvimos como locos, extraviados, confundidos, buscándonos con rabia para mordernos.
Así andamos hasta ahora, los ojos entornados, las miradas ariscas, los dientes apretados.
A veces creo encontrarlo y me descubro; casi sonrío cuando repaso que ya no lo conozco, ni él a mi, entonces vuelvo a amontonarme adentro mío, esperando el día en que pase esta peste.

Los días se han vuelto incómodos sin su compañía.

martes, 4 de junio de 2013

RETIRADA PROHIBICIONISTA Y REGULACIÓN POR VENIR

RETIRADA PROHIBICIONISTA Y REGULACIÓN POR VENIR
SEBASTIAN BASALO (Director de la revista THC)


La prohibición atraviesa su crisis final y el mundo encara la senda de una transición negociada.
Dejar de criminalizar a quienes consumen drogas y, en el caso de la marihuana, a los que la cultivan para su propio uso, ya no se discute. Hoy, el desafío político pasa por dilucidar qué tipo de regulación reemplazará la anarquía prohibicionista y cómo se implementará formalmente en un contexto legal global que deberá ser reformado.
Semanas atrás, la Organización de Estados Americanos (OEA) admitió por primera vez el fracaso rotundo de las políticas represivas que tan sólo en México produjeron más de 60 mil muertes en los últimos 6 años, a la vez que recomienda dejar de criminalizar a los usuarios de drogas y permitir el autocultivo de cannabis.
Días después, el director de la Política Nacional de Control de Drogas de la Casa Blanca, Gil Kerlikowske, hizo su aporte: “No podemos circunscribir la lucha contra las drogas a una Guerra.
Nada bueno puede salir cuando lo único que podemos hacer con un joven al que se le encuentra marihuana es procesarlo por un cargo de posesión”.
Luego de la experiencia positiva de los Coffee Shops en Holanda y los dispensarios de marihuana medicinal en una veintena de estados norteamericanos, la reciente legalización del cannabis en Colorado y Washington, la legalización del cultivo y comercio de coca en Bolivia, el reciente anuncio de la regulación del acceso a la marihuana por parte del gobierno uruguayo, la realidad exige alternativas reales.
La retirada prohibicionista tendrá una lógica etapista. De momento, la legalización es inaceptable para el gobierno federal de los Estados Unidos.
En tanto, la OEA califica de “drásticas” las soluciones propuestas por los estados que han decidido afrontar un proceso de regulación (sea para usos medicinales, recreativos o ambos), pero admite la legalización como un “escenario posible” a futuro. Allí resaltan una experiencia que con más de una década de historia en España, demostró ser una alternativa exitosa: la regulación comunitaria del cannabis mediante el cultivo colectivo sin comercio que, para la OEA , se adecúa mejor a los convenios internacionales ya que sólo supone cambios en la legislación nacional. Los denominados Clubes de Cultivo son grupos cerrados usuarios de cannabis mayores de edad que se juntan para cultivar sólo las plantas necesarias para satisfacer su propio consumo, bajo estricto control estatal y, en ocasiones, generando puestos de trabajo. La marihuana cosechada se distribuye exclusivamente entre los asociados, lo que evita la búsqueda de maximización de ganancias propia de un negocio capitalista y que deriva en adulteraciones que atentan contra la salud de los usuarios, como ocurre hoy con el tabaco y el alcohol, ni permite el crecimiento de emporios económicos en torno a la venta legal de drogas, como ocurre con las farmacéuticas.

Por este camino España disminuyó la cantidad de usuarios de cannabis y los daños a su salud y, sobre todo, redujo notablemente los índices de narcotráfico.

viernes, 24 de mayo de 2013

Martes 30 de enero - Jean Paul Sartre (Fragmento - La Náusea)

Martes 30 de enero.
Jean Paul Sartre
Fragmento - La Náusea



Nada nuevo.
He trabajado de nueve a una en la biblioteca. Dejé listo el capítulo XII y todo lo concerniente a la estadía de Rollebon en Rusia, hasta la muerte de Pablo I. Es trabajo terminado; queda así hasta pasarlo en limpio.
Es la una y media. Estoy en el café Mably, como un sandwich, todo es casi normal. Además, en los cafés todo es siempre normal, y especialmente en el café Mably, gracias al encargado, M. Fasquelle, que ostenta en su cara un aire canallesco muy positivo y tranquilizador. Pronto será la hora de la siesta y tiene los ojos rosados, pero su porte sigue siendo vivo y decidido. Se pasea entre las mesas y se acerca confidencialmente a los parroquianos:
—¿Está bien así, señor?
Sonrío al verlo tan vivaz; a las horas en que su establecimiento se vacía, también su cabeza se vacía. De dos a cuatro el café queda desierto; entonces  M. Fasquelle da unos pasos con aire estúpido, los mozos apagan las luces y él se desliza en la inconsciencia; cuando este hombre está solo, se duerme.
Todavía hay unos veinte clientes, célibes, modestos ingenieros, empleados.
Almuerzan rápidamente en pensiones de familia que ellos llaman ranchos, y  como necesitan un poco de lujo, vienen aquí, después de la comida, toman un café y juegan al poker de ases; hacen un poco de ruido, un ruido inconsistente que no me molesta. También ellos necesitan ser muchos para existir.
Yo vivo solo, completamente solo. Nunca hablo con nadie; no recibo nada, no doy nada. El Autodidacto no cuenta. Está Françoise, la patrona del Rendez-vous des Cheminots. ¿Pero acaso le hablo? A veces, después de la cena, cuando me sirve un bock, le pregunto:
—¿Tiene usted tiempo esta noche?
Nunca dice que no, y la sigo a una de las grandes habitaciones del primer piso, que alquila por hora o por día. No le pago; hacemos el amor de igual a igual. A ella le gusta (necesita un hombre diariamente, y tiene muchos otros, además de mí), y yo me purgo así de ciertas melancolías cuya causa conozco demasiado bien. Pero cambiamos apenas unas palabras. ¿A santo de qué? Cada uno para sí; por lo demás, a sus ojos continúo siendo ante todo un cliente del café. Me dice, quitándose el vestido:
—Dígame, ¿conoce usted el aperitivo Bricot? Porque dos clientes lo han pedido esta semana. La chica no sabía, vino a avisarme. Eran viajeros; lo  habrán bebido en París. Pero no me gusta comprar sin saber. Si no le molesta, me dejaré las medias.
En otra época —aun mucho después de que me dejó— pensaba en Anny.
Ahora ya no pienso en nadie; ni siquiera me cuido de buscar palabras. La cosa se desliza en mí más o menos rápido; no fijo nada, la dejo correr. La mayor parte del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas.
Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los olvido.
Esos jóvenes me maravillan; mientras beben el café cuentan historias claras y verosímiles. Si se les pregunta qué han hecho ayer, no se turban: os enteran en dos palabras. En su lugar, yo farfullaría. Es cierto que desde hace mucho nadie se ocupa de cómo empleo el tiempo. El que vive solo ni siquiera sabe qué es contar; lo verosímil desaparece al mismo tiempo que los amigos. También deja correr los acontecimientos; ve surgir bruscamente gentes que hablan y se van; se sumerge en historias sin pies ni cabeza; sería un execrable testigo. Pero, en compensación, no pasa por alto todo lo inverosímil, todo lo que nadie creería en los cafés. Por ejemplo, el sábado, a eso de las cuatro de la tarde, en el caminito de tablas del depósito de la estación, una mujercita de celeste corría hacia atrás, riendo, agitando un pañuelo. Al mismo tiempo, un negro con impermeable crema, zapatos amarillos y sombrero verde, doblaba la esquina y silbaba. La mujer tropezó con él, siempre retrocediendo, bajo una linterna suspendida en la empalizada, que se enciende a la noche. Había, pues, allí, al mismo tiempo, el cerco que huele a madera mojada, la linterna, la mujercita rubia en los brazos del negro, bajo un cielo de fuego. De haber sido cuatro o cinco, supongo que hubiéramos notado el choque, todos aquellos colores tiernos, el hermoso abrigo azul que parecía un edredón, el impermeable claro, los vidrios rojos de la linterna; nos hubiéramos reído de la estupefacción que manifestaban esos dos rostros de niños.
Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír; el conjunto se animó para mí de un sentido muy fuerte y hasta hosco, pero puro. Después se dislocó; sólo quedó la linterna, la empalizada, el cielo; todavía era bastante bello. Una hora después la linterna estaba encendida, soplaba el viento, el cielo en negro; ya no restaba absolutamente nada.
Todo esto no es muy nuevo; nunca he negado estas emociones inofensivas; al contrario. Para sentirlas basta estar un poquitito solo, justo lo necesario para desembarazarse de la verosimilitud en el momento oportuno. Pero me quedaba cerca de las gentes, en la superficie de la soledad, decidido a refugiarme, en caso de alarma, en medio de ellas; en el fondo era hasta entonces un aficionado. Ahora, en todas partes hay cosas como este vaso de cerveza, aquí, sobre la mesa. Cuando lo veo me dan ganas de decir: pido, no juego más. Comprendo muy bien que he ido demasiado lejos. Supongo que uno no puede prever los inconvenientes de la soledad. Esto no quiere decir que mire debajo de la cama antes de acostarme, ni que tema ver abrirse bruscamente la puerta de mi cuarto en mitad de la noche. Pero de todos modos, estoy inquieto; hace una media hora que evito mirar este vaso de cerveza. Miro encima, debajo, a derecha, a izquierda; pero a él no quiero verlo. Y sé muy bien que todos los célibes que me rodean no pueden ayudarme en nada; es demasiado tarde, ya no puedo refugiarme entre ellos. Vendrían a palmearme el hombro, me dirían: “Bueno, ¿qué tiene este vaso de cerveza? Es como los otros. Es biselado, con un asa, lleva un escudito con una pala y sobre el escudo una inscripción: Spatenbräu. Sé todo esto, pero sé que hay otra cosa. Casi nada. Pero ya no puedo explicar lo que veo. A nadie. Ahora me deslizo despacito al fondo del agua, hacia el miedo.
Estoy solo en medio de estas voces alegres y razonables. Todos esos tipos se
pasan el tiempo explicándose, reconociendo con felicidad que comparten las mismas opiniones. Qué importancia conceden, Dios mío, al hecho de pensar todos juntos las mismas cosas. Basta ver la cara que ponen cuando pasa entre
ellos uno de esos hombres con ojos de pescado que parecen mirar hacia adentro, y con los cuales nunca pueden ponerse de acuerdo. Cuando yo tenía ocho años y jugaba en el Luxemburgo, había uno que iba a sentarse en una silla junto a la verja que costea la calle Auguste Comte. No hablaba, pero de vez en cuando extendía la pierna y se miraba el pie con aire espantado. En ese pie llevaba un botín, en el otro una pantufla. El guardián dijo a mi tía que era un antiguo celador. Lo habían jubilado porque fue a clase a leer las notas trimestrales con frac de académico. Le teníamos un miedo horrible porque sabíamos que estaba solo. Un día sonrió a Robert tendiéndole los brazos desde lejos; Robert estuvo a punto de desvanecerse. No era el aire miserable de aquel tipo lo que nos daba miedo, ni el tumor que tenía en el pescuezo y que el borde del cuello postizo  gozaba; sentíamos que elaboraba en su cabeza pensamientos de cangrejo o langosta. Y nos aterrorizaba que pudieran concebirse pensamientos de langosta sobre la silla, sobre nuestros aros, sobre los arbustos.
¿Es eso lo que me espera? Por primera vez me hastía estar solo. Quisiera hablar a alguien de lo que me pasa, antes de que sea demasiado tarde, antes de inspirar miedo a los chiquillos. Quisiera que Anny estuviese aquí.
Es curioso: acabo de llenar diez páginas y no he dicho la verdad, por lo menos no toda la verdad. Cuando escribí, debajo de la fecha: “Nada nuevo”, tenía la conciencia intranquila por esto: en realidad una pequeña historia, que no es ni vergonzosa ni extraordinaria, se negaba a salir. “Nada nuevo”. Me admira cómo se puede mentir poniendo a la razón de parte de uno. Evidentemente, no se produjo nada nuevo, si se quiere: esta mañana, a las ocho y cuarto, cuando salí del hotel Printania para ir a la biblioteca, quise levantar un papel que había en el suelo y no pude. Esto es todo, y ni siquiera es un acontecimiento. Sí, pero para decir toda la verdad, me impresionó profundamente: pensé que ya no era libre. En la biblioteca traté de librarme de esta idea, sin conseguirlo. Quise huirle en el café Mably. Esperaba que se disiparía con las luces. Pero se quedó allí, en mi interior, pesada y dolorosa. Ella me dictó las páginas anteriores.
¿Por qué no la mencioné? Ha de ser por orgullo y también un poco por torpeza. No tengo costumbre de contarme lo que me sucede, por eso me resulta difícil encontrar la sucesión de los acontecimientos, no distingo lo que es importante. Pero ahora se acabó; he releído lo escrito en el café Mably y me ha dado vergüenza; no quiero secretos, ni estados de alma, ni cosas indecibles;  o soy ni virgen ni sacerdote para jugar a la vida interior.
No hay gran cosa que decir: no pude levantar el papel, eso es todo.
Me gusta mucho recoger las castañas, los trapos viejos, sobre todo los papeles.
Me resulta agradable cogerlos, cerrar mi mano sobre ellos; por poco me los llevaría a la boca como los niños. Anny montaba en cólera cuando me veía levantar por una punta papeles pesados y untuosos, pero probablemente sucios de excrementos. En verano o a comienzos del otoño se encuentran en los jardines pedazos de periódicos que el sol ha cocinado, secos y quebradizos como hojas muertas, tan amarillos que se dirían pasados por ácido pícrico. En invierno hay montones de papeles aplastados, sucios; vuelven a la tierra. Otros nuevos, y hasta lustrosos, blancos, palpitantes, se posan como cisnes, pero la tierra ya los deshace por debajo. Se retuercen, escapan al fango, para ir á aplastarse un poco más lejos, definitivamente. Es lindo recoger todo eso. A veces los palpo simplemente, mirándolos de muy cerca; otras los rompo para oír su larga crepitación, o bien, si están muy húmedos, les prendo fuego con no poco trabajo; después me limpio las palmas de las manos embarradas en una pared o en el tronco de un árbol.
 Pues bien, hoy estaba mirando las botas leonadas de un oficial de caballería que salía del cuartel. Al seguirlas con la mirada, vi un papel junto a un charco.
Creí que el oficial iba a hundir con el tacón el papel en el barro; pero no: de un tranco pasó por encima del papel y del charco. Me acerqué: era una hoja rayada, sin duda de un cuaderno de escuela. La lluvia la había empapado y retorcido; estaba llena de granitos e hinchazones como una mano quemada. La línea roja del margen, desteñida, había dejado una sombra color de rosa; la tinta estaba corrida en algunos lugares. La parte inferior de la hoja desaparecía bajo una costra de barro. Me incliné; ya me regocijaba pensando en tocar la pasta tierna y fresca que formaría entre mis dedos bolitas grises... No pude.
Me quedé agachado un segundo; leí: “Dictado: El búho blanco”, después me incorporé con las manos vacías. Ya no soy libre, ya no puedo hacer lo que quiero.
Los objetos no deberían tocar, puesto que no viven. Uno los usa, los pone en su sitio, vive entre ellos; son útiles, nada más. Y a mí me tocan; es insoportable.
Tengo miedo de entrar en contacto con ellos como si fueran animales vivos.
Ahora veo; recuerdo mejor lo que sentí el otro día, a la orilla del mar, cuando tenía el guijarro. Era una especie de repugnancia dulzona. ¡Qué desagradable era! Y procedía del guijarro, estoy seguro; pasaba del guijarro a mis manos. Sí, es eso, es eso; una especie de náusea en las manos.



martes, 7 de mayo de 2013

UNA MUJER


UNA MUJER
Mario A. Alonso

Una mujer explora, bate el aire a su paso.
Entre su cuerpo y el mío livianas chispas de fragancia; la de su piel, que no es la misma que la de su cuello, me alcanza.
Ahora, añoranzas.
Ella indaga los rasgos en cada semblante, confronta la luz con cada rostro.
Peregrina, en la claridad del extenso encierro, cada tanto tropieza contra algún impúdico embalaje.
Entre los destellos de la multitud ella sabe que busca.
Detenido en el relámpago de mi tiempo, repaso la delicada suavidad de aquella piel, conjuro una coincidencia.

viernes, 12 de abril de 2013

REPASO - Víctor Choque (12/04/1995) - Teresa Rodríguez (12/04/1997)

REPASO
Víctor Choque (12/04/1995) - Teresa Rodríguez (12/04/1997)
Mario A. Alonso
Esta imagen tiene dueño. Yo no se quien es, asi que con su permiso.


El 12 de abril de 1995 la policía de Ushuaia asesinó a Víctor Choque. Una bala de plomo destrozó su cráneo durante las manifestaciones provocadas por la ola de despidos y cierres de fábricas en Tierra del Fuego.
El gobernador era José Arturo Estabillo, hoy trabaja para el gobierno nacional.
Es el actual presidente del Fondo Fiduciario de Infraestructura Regional


El 12 de abril de 1997 la policía de Neuquén, con el aval político del partido que aún gobierna esta provincia y quienes gobernaban la nación asesinaron a Teresa Rodríguez que cruzaba una manifestación de maestr@s camino a su trabajo.


La inmensa mayoría de los responsables de estos crímenes siguen ocupando importantes espacios en el Poder político de los partidos que hoy nos gobiernan en Argentina.


Compañer@s desenterremos a nuestros muertos de tanto en tanto para evocarlos, porque algún sicario del Estado criminal en el que vivimos volverá a matarnos, como a Carlos Fuentealba el 4 de abril de 2007 o a Mariano Ferreyra el 20 de octubre de 2010.


“La inmunda sociedad barre la memoria; borra los recuerdos, los amontona en el pozo del fondo de un rancho mugriento y frío. 
Camina enclenque, retorcida, tropezando en su propia inmundicia, llena de la mierda que durante años decidió acumular en su culo flojo. 
Con dos o tres de los pocos dientes que le quedan mastica un pedazo de pan duro y de reojo mira la vieja calcomanía del escudito de la provincia estampada en el vidrio de la ventana con las letras MPN estiradas desde el norte hasta el sur de Neuquén.
Sonríe. 
Por el boquete de entre dientes asoman los gusanos que lleva adentro”

miércoles, 10 de abril de 2013

Fragmento del libro "Los Cantos de Maldoror" por el Conde de Lautréamont

CANTO SEGUNDO (Fragmento)
Isidore Ducasse (Montevideo 4 de abril1846 - 24 de noviembre en Montmartre, París)




De pie sobre la roca, mientras el huracán azotaba mis cabellos y mi manto, yo expiaba extasiado esa fuerza de la tempestad, encarnizándose con un navío, bajo un cielo sin estrellas. Seguí, con actitud triunfante, todas las peripecias de ese drama, desde el instante en que el barco echó anclas hasta el instante en que se hundió, hábito fatal que arrastró hacia las entrañas del mar a todos aquellos a quienes revestía como un manto. Pero se acercaba el instante en que yo mismo tenía que mezclarme como actor en aquellas escenas de la naturaleza trastornada. Cuando el lugar donde el barco había sostenido el combate mostró claramente que éste había ido a pasar el resto de sus días en el piso bajo del mar, entonces, una parte de los que habían sido arrastrados por las olas reaparecieron en la superficie. Disputaban cuerpo a cuerpo, dos a dos, tres a tres; era el medio de no salvar su vi-da, pues sus movimientos se hacían embarazosos y se iban al fondo como cántaros agujereados... ¿Qué es ese ejército de monstruos marinos que hiende las olas raudamente? Son seis, sus aletas son vigorosas, y se abren paso a través de las olas embravecidas. Con todos esos seres humanos, que mueven los cuatro miembros de ese continente tan poco estable, los tiburones hacen muy pronto una tortilla sin huevos, y se la reparten de acuerdo con la ley del más fuerte. La sangre se mezcla con las aguas y las aguas se mezclan con la sangre. Sus ojos feroces iluminan suficientemente el escenario de la carnicería... Pero, ¿qué es ese tumulto de las aguas, allá lejos, en el horizonte? Se diría una tromba que se acerca. ¡Qué golpes de remo! Percibo lo que es: una enorme hembra de tiburones que viene a tomar parte del pastel de hígado de pato y a comer el cocido frío. Llega furiosa, pues está hambrienta. Se entabla una lucha entre ella y los tiburones entonces, se disputan algunos miembros palpitantes que flotan por aquí y por allá, en silencio, sobre la superficie de la crema roja. A derecha e izquierda, lanza dentelladas que producen heridas mortales. Pero tres tiburones vivos le rodean y ella se ve obligada a girar en todos los sentidos para hacer fracasar su maniobra. Con creciente emoción, hasta entonces desconocida, el espectador, situado en la orilla, sigue esa batalla naval de nuevo género. Tiene la mirada clavada sobre esa valerosa hembra de tiburón, de dientes tan fuertes. No vacila más, se echa la escopeta al hombro, y, con su habitual destreza, aloja la segunda bala en las agallas de un tiburón, en el momento en que se mostraba por encima de una ola. Quedan dos tiburones que dan testimonio de un encarnizamiento mayor. Desde lo alto de la roca, el hombre de la saliva salobre se arroja al mar y nada hacia la alfombra agradablemente coloreada, sosteniendo en la mano ese cuchillo de acero que no le abandona jamás. Desde ahora, cada tiburón tiene que habérselas con un enemigo. Avanza hacia su adversario cansado, y, sin apresurarse, le hunde en el vientre la afilada hoja. La móvil ciudadela se desembaraza fácilmente del último adversario... Se encuentran cara a cara el nadador y la hembra del tiburón salvada por él. Se miran a los ojos durante unos minutos, y cada uno se asombra de encontrar tanta ferocidad en la mirada del otro. Dan vueltas en redondo nadando, sin perderse de vista, diciéndose para sí: «He estado engañado hasta ahora; he aquí uno que me gana en maldad». Entonces, de común acuerdo, entre dos aguas, se deslizaron uno hacia el otro, con mucha admiración, la hembra de tiburón separando las aguas con sus aletas, Maldoror agitando las olas con sús brazos, y retuvieron su aliento con una veneración profunda, cada uno deseoso de contemplar, por primera vez, su vivo retrato. Cuando estaban a tres metros de distancia, súbitamente, cayeron el uno sobre el otro, como dos amantes, y se abrazaron con dignidad y reconocimiento, un abrazo tan tierno como el de un hermano o una hermana. Los deseos carnales siguieron de cerca a esa demostración de amistad. Dos muslos nerviosos se unieron estrechamente a la piel viscosa del monstruo como dos sanguijuelas, y con los brazos y las aletas entrelazadas alrededor del cuerpo del objeto amado, al que rodeaban con amor, mientras sus gargantas y sus pechos no formaban más que una masa glauca con las exhalaciones de las algas, en medio de la tempestad que continuaba haciendo estragos, a la luz de los relámpagos, teniendo por lecho nupcial las olas espumosas, llevados por una corriente submarina como en una cuna, y rodando sobre sí mismos hacia las profundidades desconocidas del abismo, ¡se unieron en una cópula larga, casta y horrible!... ¡Por fin acababa de encontrar a alguien que se asemejara!

¡Desde ahora ya no estaría solo en la vida!... ¡Ella tenía las mismas ideas que yo!... ¡Estaba frente a mi primer amor!


FRAGMENTO DE “Les chants du Maldoror” Par le Comte de Lautréamont

jueves, 7 de marzo de 2013

ENVIDIA



ENVIDIA
Mario A. Alonso

Ingrata detestas la luz
que te alumbra y te calienta
abandona esa vida aburrida
no le hagas caso a tus miedos,
vas a perder la sombra y la virtud.

Ahora que muerdes y no comes
voy a castigarte haciéndote el bien.
Amarilla de envidia te desprestigias
vos que sentiste el poder,
la telepatía y la puta magia.

Tu rencor muestra tu desdicha
Si quieres lo que yo disfruto
no tengas celos, estas aburriéndote
escribiendo mensajes privados
detestando la luz que te alumbra y te calienta

Ahora que muerdes y no comes
voy a castigarte haciéndote el bien.
Amarilla de envidia te desprestigias
vos que sentiste el poder,
la telepatía y la puta magia.

lunes, 4 de marzo de 2013

CANIBALES



CANIBALES
Mario A. Alonso

Después de caminar juntos, de luchar y entregarse el uno por el otro en la eterna pelea con los enemigos mutuos, ellos empezaron poco a poco a devorarse, a arrancarse la carne a dentelladas.
Fue la cruel expresión, la más bestial, de un canibalismo, estimulado solo por la ambición y la codicia individual con miras a conquistar algún sitio en el poder que les permitiese prolongar su estéril carrera.
Algunos de los otros, los que los rodeaban imitaron la sangría, ellos también estaban cómodos devorándose.
Yo preferí rechazarlos y transitar otra senda, mi estómago no resistió la cruenta imagen.
Al final todos morimos.

jueves, 28 de febrero de 2013

ADIOS REPETIDO



ADIOS REPETIDO
Mario A. Alonso

En horas de la plegaria
pactan fieles la música y la tarde
el brillo mortecino encarnado, tinto
la melodía azul inaccesible, sofocada,
arrebatan la conciencia desgarrando corazones.
¿Acaso has vuelto?
De tu horizonte líquido nada queda,
tampoco vuelan más los pájaros tu cielo
y el calor que precedía la tormenta
hoy es frío de invierno.
Adiós repetido, machacado
¿Acaso has vuelto?
Es hora de la plegaria
y la indulgencia.

miércoles, 27 de febrero de 2013

LITURGIA SANA DE DOMINGO



LITURGIA SANA DE DOMINGO
Mario A. Alonso

El serrucho ha dejado de serlo para convertirse en un pez de carne compacta y acerada, con afilados dientes que amagan clavarse en la naranja que llevo por corazón.
Más no me amilano y extraigo de entre ceja y ceja un reluciente pétalo de narciso que va a hundirse en su único ojo ciego.
Sangra chorreando colores brillantes en el penúltimo estribo de la estantería.
Ahora se retuerce y el ruido desafinado de su larga espina lastima la nariz que a gotas llora la escasez de colores.
Es el final, moribundo se arrastra, la oreja rota y el óxido no hacen juego con la alegría.

ODA DE LA MELANCOLÍA



ODA DE LA MELANCOLÍA
Mario A. Alonso

Una feroz dentellada en el vientre advierte el frío que llegará por oriente a importunar a los amantes imperfectos, entonces, irremediablemente, ellos bucearán en la profundidad de una pupila hasta ahogarse en esas lágrimas, o en las propias.
Cayendo la tarde encenderá el cielo su policroma fiesta que ayuda a los sobrevivientes en el trágico intento de escoltar el viaje de aquellos desdichados.
Algunos emprenderán satisfechos el vuelo eterno, otros brindarán por esos abandonos.
Con la aurora descansará mi cuerpo al borde del marco de alguna de las ventanas, extraviada la mirada en el horizonte mustio.


martes, 19 de febrero de 2013

PROPONGO



PROPONGO

Mi cariño insolente,
mi amor sin contornos,
una pasión inagotable.
Mis dedos en la espalda,
mi costilla ausente,
mi total.
Renovadas caricias ardientes
besos y labios húmedos.
Mis trayectos,
mi tiempo
mi locura.
Mis secretos a voces,
mi cuerpo oculto,
mi ternura.
Te he invitado a una fiesta,
una en cada encuentro.
A enredarnos las almas,
a derrochar el ánimo,
a quedar sin aliento.
Acuso recibo de tu esquela,
que a vuelta de correo
insensata reclama;
usuales desayunos,
coincidencias calcadas,
roces sin sabor,
sábanas de rutina;
y todo el lío común
que a todo amor
acompaña a la ruina.